Entrevista con Jesús Viñuales

Esta semana entrevistamos a Jesús Viñuales, autor del libro Religiosidad, Miedosidad y Cementeriosidad en la obra de Bécquer, obra editada por la editorial Círculo Rojo. El autor aragonés, licenciado en filología española, es experto en psico-filosofía y en sus libros trata temas como: la muerte, la religión y la espiritualidad entre otros.

¿De dónde surge la idea de explorar en este libro estos aspectos relacionados con la obra de Bécquer?

Los conceptos Religión y Muerte son grandísimos inoculadores de miedo en la conciencia humana.

A tales conceptos les caracteriza su irrealismo existencial, que refuerza fuertemente el amedrentamiento que propagan, en estrecha unión con otro concepto transmisor igualmente de poderoso pavor, caracterizado también, al igual que los dos anteriores, por la ostentosa irrealidad existencial que derrama. Me estoy refiriendo al concepto Amor.

Bécquer, según podemos apreciar en mi ensayo literario sobre este autor tardorromántico, se recrea con profusión evidente en utilizar tales conceptos y en plasmar, provenientes de ellos, los miedos que le asolan personalmente.

Son tres palabras espejísmicas, son tres palabras vacuas que la Humanidad utiliza por miedo a ellas, sin razón cabal y con sentido inercial, esto es, por inercia, exclusivamente, impuestas vilmente por los entornos religiosísticos.

La imagen extendida de Bécquer es la del icono de la poesía romántica. ¿Qué aspectos de su obra se pasan por alto según este cliché que ha perdurado en el tiempo?

En el conjunto de su obra, Bécquer conjuga tristeza, amargura y descripción, asociándolas al término vacuo “Amor”, con lo cual proporciona una nota emocional impresionante que impacta al lector que se deja llevar por tales exquisiteces.

Todo el potencial afectivo, todo el peso afectivo y todo el goce afectivo está incluido exclusivamente en el propio sentimiento afectivo y emocional del ser existencial, no en ningún otro sitio. No en el amor al prójimo, y mucho menos en el amor a o de Dios. Sólo en el propio sentimiento afectivo… ¡de o para uno(a) mismo(a)! ¡No para nadie más! Y, además, cómo, cuándo y dónde es movilizado y es manifestado dicho sentimiento por el propio ser en la medida en que lo moviliza y lo manifiesta en su propio fuero interno, en su propio centro sensorial, exclusivamente.

Todo ser existencial tiene la exclusiva o la exclusividad de su propio afecto, de su propia afectividad, de su propio sentimiento afectivo, para sí mismo únicamente, que como hago constar en mi ensayo literario sobre Bécquer, es, además, ¡inagotable!

En mi opinión, la palabra “Amor”, tan manejable y ruin ella en todas sus variedades, carece de sentido, de fuerza y de peso existencial, consiguiéndose con su uso que la persona viva confundida, desorientada y mermada en el plano psicológico.

¿Cómo describiría la personalidad, las intenciones y la filosofía personal de Bécquer?

Pienso que Bécquer debió de ser una persona fuertemente emotiva, con grandes cualidades artísticas, en particular las descriptivas, sobresalientes en sus trabajos literarios.

La enfermedad que vivió y la época romántica en que vivió llenaron de pesimismo su obra, abocándose él así al abismo religioso, al abismo amorístico así como al abismo mortuorio, los tres carentes de sentido existencial.

En mi ensayo sobre este autor, recojo retazos de su buen hacer literario, empañados por las tres temáticas mencionadas, y que Bécquer lamentablemente ensalza profusamente.

Señala al afecto propio como una clave para los devaneos de Bécquer. ¿Por qué éste es el aspecto que no supo o no pudo ver?

En general, se prefiere el deslumbramiento del vacuo amor, sin pararse a pensar en el rebosante contenido del afecto propio de cada ser existencial, y que además es el único que funciona existencialmente.

Como consecuencia del falso amor divino, el ser humano se ve desposeído de su propia afectividad para sí mismo, se ve desposeído de su propia identidad existencial.

Tan dramática situación queda intensamente reforzada con el célebre planteamiento religioso: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

Este estado de cosas queda claramente ejemplificado en la figura de Bécquer, que se desentiende de su propia afectividad, de su propio afecto, para abrazar al espejísmico amor, que ni lo entiende ni lo puede explicar ni lo sabe explicar aunque quiera explicarlo con todas sus fuerzas, y ante el que sucumbe, proporcionándole un reguero interminable de miedos que lo empequeñecen, lo obnubilan y le hacen desvariar en grado sumo, prisionero como está de su propia desidentificación existencial.

Señala los conceptos de Religión, Amor y Muerte como erróneos en la tradición literaria clásica. ¿De qué manera se han malinterpretado en la literatura?

Falacia religiosa, falacia amorística y falacia mortuoria.

No existe la omnipotencia, ni divina ni no divina; sí existe el sentimiento afectivo del ser existencial individual, pero para sí mismo y no para nadie más; y no existen los restos mortales, aunque sí existen los restos químicos.

No hay nada en la Existencia que sea religioso, no hay nada en la Existencia que sea amorístico, y no hay nada en la Existencia que se mortal.

El sentido de la Existencia es siempre convivencial, y nunca nunca religioso.

El sentido de la Existencia es siempre individualmente afectivo, y nunca nunca amorístico.

El sentido de la Existencia es siempre de cambio de plano existencial, y nunca nunca de mortalidad. Todo lo que existe cumple esa función perenne de cambio de plano existencial.

Los falsos conceptos religión, amor y muerte son altamente manejables, estérilmente manejables, y aprovechados oportunísticamente por literato(as), por poetas y poetisas y, especialmente, por quienes se hacen pasar por personas religiosas.

La alegría existencial solamente la proporciona la buena relación con el propio corazón, bien tratado afectivamente por su poseedor, y no ninguna religiosidad, ni ninguna amorosidad, ni, obviamente, ninguna mortuosidad.

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