Guadalupe Nettel: "Aunque la igualdad de género es un sueño compartido cada vez por más personas, sigue estando lejos de convertirse en una realidad"

©Lisbeth Salas
©Lisbeth Salas

Esta semana charlamos con Guadalupe Nettel sobre su última novela, La hija única, editada por Anagrama. La autora mejicana fue ganadora del Premio Herralde por Después del invierno y finalista del mismo premio por El heredero, además de otros muchos galardones. En esta ocasión, nos sumerge en una historia de tres mujeres enfrentadas a la maternidad en una intensa y deslumbrante novela sobre la familia en el mundo actual. 

La hija única se basa en una historia real, una experiencia terrible, pero podría ser también la de muchas mujeres en todo el mundo. ¿Eso fue lo que le llevó a escribir una novela sobre la maternidad, y las distintas maneras de enfrentarse a ella?

Al principio mi idea era escribir únicamente acerca de lo que le ocurrió a mi amiga. Le pedí permiso y acordé entrevistarla varias veces para que me contara lo que había vivido. Fue una experiencia nueva para mí, pues nunca había escrito sobre la historia de alguien tan cercano y conocido, fuera de los miembros de mi familia. Su experiencia tan difícil me infundía mucho respeto y quería ser fiel a su historia. Emmanuel Carrère, uno de los escritores vivos que más admiro hace esto en varias de sus novelas, sobre todo en dos libros magistrales: El adversario y De vidas ajenas. Son novelas que ponen de manifiesto la fragilidad y a la vez la fuerza apabullante que demuestran los seres humanos ante la tragedia y me inspiré en su método para contar la historia de Alina.

¿Cómo trató esa historia real, de alguien muy cercano, y cómo se fue convirtiendo en una novela que partía de ese hecho pero era algo completamente distinto?

Poco a poco, conforme iba avanzando el proceso de escritura, la novela fue cobrando una forma que yo no me esperaba. Me di cuenta de que la historia era muy triste y difícil de asimilar, tanto para mí como para los lectores, así que pensé que valía la pena alternarla con otra, la de Doris, una madre en circunstancias muy distintas y su hijo Nicolás. Luego aparecieron las aves: una pareja de palomas anidó en mi balcón mientras yo escribía y acabó por entrar en la historia. Era como si todo el mundo me hablara únicamente de maternidad mientras yo escribía. Escuché historias muy fuertes y conmovedoras sobre madres pero también sobre hijas, y al final todo eso entró en el relato. La palabra texto comparte etimología con “textil”. Más que en ninguno de mis libros, siento que aquí las historias se fueron tejiendo hasta formar un entramado.

En la novela, hay distintos acercamientos a la maternidad, desde el rechazo a serlo a la búsqueda a través de tratamientos de fertilidad. En cualquier caso, el peso de la elección, sea cual sea, ¿está siempre presente? ¿Es una carga que impone la sociedad aún hoy?

Es interesantísimo el tema de la reproducción en nuestros días. He visto gente despilfarrar fortunas movilizando hospitales, recurriendo a bancos de esperma o subrogando vientres con tal de tener un hijo, mientras que otras, preñadas por accidente, lo viven como una desgracia. Por eso hablo de ello en la novela.

Yo creo que se trata de una de las decisiones más difíciles que una puede tomar. Vivimos en un planeta sobrepoblado, sobre el que pesa además la amenaza de una tragedia climática. La pandemia nos ha mostrado lo frágiles que somos como especie y lo incierta e imprevisible que es la vida. Pienso que si vamos a traer gente al mundo es mejor tener buenos motivos y también muchas ganas de hacerlo. Siendo madre, te puedo contar que la experiencia es hermosa y vale mucho la pena cuando quieres hacerlo y tienes las circunstancias adecuadas, pero éstas nunca están aseguradas e incluso en las mejores condiciones la maternidad representa un reto y un sacrificio en miles de aspectos.

¿Hasta qué punto puede llegar a ser asfixiante ese peso, esa presión social, que espera que alguien, en especial las mujeres, acepten un rol determinado y recele de quien se salga de esas líneas marcadas?

Aunque la igualdad de género es un sueño compartido cada vez por más personas, sigue estando lejos de convertirse en una realidad. Una de las maneras en las que la sociedad patriarcal ha conseguido excluir a las mujeres de los espacios educativos y laborales es atribuyéndoles la tarea de la crianza de manera prácticamente exclusiva. Hoy todavía, la maternidad implica una anulación de los proyectos personales. No se puede ser madre de tiempo completo y además tener una carrera profesional o artística satisfactoria. Es una hazaña, y quien lo logra termina extenuada. Lina Meruane lo explica muy bien en un ensayo llamado Contra los hijos. Además, las madres cargan con una inmensa exigencia moral que no tienen los padres. En nuestra sociedad un hombre tiene el derecho a ser un mal padre o al menos se le disculpa. En algunos entornos se ve incluso con admiración a los hombres que tienen varias familias y que sólo se aparecen de cuando en cuando en sus distintas casas para que les rindan pleitesía. Para una mujer esto es sencillamente impensable. Pero bueno, no se trata de ver quién se desentiende mejor del asunto sino de encontrar configuraciones que repartan mejor la crianza. Configuraciones nuevas o antiguas, poco importa, donde todos podamos contribuir sin anularnos y disfrutar a nuestros hijos.

La incertidumbre, lo imprevisible, es también un tema que se trata en la novela. Ahora que estamos teniendo que vivir con ello a marchas forzadas, ¿es algo sobre lo que necesitamos aprender más que nunca?

Es verdad. Muchas tradiciones místicas hablan de vivir en el presente, y recordar que somos perecederos, es decir que mañana o el mes siguiente podemos desaparecer sin que nadie lo haya previsto. Un viejo proverbio dice: si quieres hacer reír a Dios cuéntale tus planes. Pero una cosa es saber la teoría y otra aprenderlo a palos como nos ha pasado durante el 2020. Es también lo que le ocurre a Alina a lo largo de toda la novela, una de las facetas de su historia que me más me interesaba contar. Nunca me imaginé que el año en que se publicaría la novela todos estaríamos tomando semejante lección sobre la inpermanencia y la incertidumbre. En todo caso, creo que los lectores no tendrán ningún problema en entender a este personaje.

Entre las distintas mujeres protagonistas se establece una relación especial basada en los cuidados. En estos momentos en los que nos encontramos ante una situación sanitaria grave, ¿es más necesario que nunca establecer esos vínculos?

Claro que sí. Si algo nos ha enseñado la pandemia es que el cuidado y el descuido de cada persona acaba afectándonos a todos, porque todos estamos más relacionados de lo que imaginamos. Durante milenios los humanos fuimos seres gregarios. Nos organizábamos en tribus, clanes, familias extendidas, donde cada uno tenía responsabilidades específicas con la comunidad. A lo largo del siglo XX, sobre todo en las grandes ciudades, nos fuimos aislando en núcleos familiares cada vez más solitarios, desprovistos de redes. Los personajes de mi novela se ven obligados a buscar apoyo para poder sobrevivir.  Si te fijas en las otras especies de la naturaleza te darás cuenta de que casi todos funcionan mejor en colectivo que aislados. ¿Por qué entonces limitarnos al modelo del núcleo familiar o de la familia biológica? Yo creo que es urgente imaginar otras configuraciones sin importar cómo sean con tal de que nos funcionen bien. En la naturaleza existen todos los modelos imaginables: hembras criando juntas a un solo cachorro o a varios, machos empollando huevos ajenos y alimentando a esas crías. Todo está ahí, en el reino animal. Ni siquiera hay que inventarlo, basta con observar.

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