¿Cita o copia? 10 libros acusados de plagio

Cada cierto tiempo, el debate resurge: ¿Está justificado utilizar el trabajo de otros autores en una obra sin una cita expresa? ¿Dónde acaba el homenaje y dónde comienza la apropiación de lo ajeno? Incluso alguno de los escritores más celebrados de la historia se han visto señalados por la similitud de algunos de sus pasajes con los de otros autores. En algunos casos, se ha llegado a probar en un juzgado que las similitudes infringían los derechos de autor. En otros, la sombra de la duda transita entre lo que es una reinterpretación de la tradición y lo que cae en la pura copia. Hoy repasamos una decena de títulos que se han visto empañados por la sospecha.

“Los poetas inmaduros imitan, los poetas maduros roban” es una máxima de T. S. Eliot que se volvió en su contra. Su obra más conocida, La tierra baldía, recibió acusaciones de plagio del Ulises de James Joyce, pero también de las obras de otros escritores menos conocidos, Madison Cawein y Charlotte Mew. Otros premios Nobel de Literatura también se han visto acusados de haber utilizado la obra de otros de manera soterrada. Camilo José Cela fue acusado legalmente de plagio en 2009 por su obra La cruz de San Andrés, cuya autora, María del Carmen Formoso, aseguraba que tenía pasajes muy similares a los de su novela Carmen, Carmela, Carmiña. Una jueza en 2009 señaló que había indicios de plagio, aunque el escritor había fallecido años antes.

En el caso del mexicano Carlos Fuentes, un tribunal desestimó la demanda del escritor Víctor Celorio, que señalaba supuestas coincidencias en Diana o la cazadora solitaria, de Fuentes, y su obra El unicornio azul, publicada casi diez años antes. Tampoco se pudo probar, y ni siquiera llegó a juzgarse, las acusaciones a José Saramago, quien en Las intermitencias de la muerte trataba temas similares a los de un relato del escritor mexicano Teófilo Huerta Moreno.

Una obra más reciente, y ampliamente celebrada, también se ha visto rodeada de este tipo de acusaciones. En Expiación, Ian McEwan utilizaba algunos datos que se encontraban en un libro publicado por Lucilla Andrews y en el que esta autora relataba su experiencia como enfermera en el Londres de la II Guerra Mundial. McEwan reconoció que se inspiró en No time for romance, la obra de Andrews, para modelar a uno de sus personajes y para recrear algunos procedimientos médicos de la época, pero negó el plagio, algo a lo que se sumaron numerosos escritores de habla inglesa, desde John Updike hasta Kazuo Ishiguro.

Cuando un libro se convierte en un fenómeno de ventas es bastante habitual que surjan acusaciones de plagio. Lo sabe bien Dan Brown, que se ha enfrentado a varias demandas por incumplimiento de los derechos de autor en obras como el archiconocido El código Da Vinci, sin que haya sido encontrado culpable. J. K. Rowling tuvo que enfrentarse a una demanda en la que se le acusaba de haber tomado prestadas ideas del libro infantil Willy el brujo en su Harry Potter y el cáliz de fuego, aunque el caso fue desestimado.

En otros casos, el estilo utilizado por ciertos autores ha generado polémica en cuanto a si es una técnica legitima tomar una obra de un autor y rehacerla de manera expresa. Agustín Fernández Mallo lo ha llevado a cabo en numerosas ocasiones a lo largo de su carrera, pero ni siquiera la obviedad de que El hacedor (remake) era una reinterpretación de Jorge Luis Borges le libró de que el libro fuese retirado de las librerías por petición de María Kodama, viuda del escritor argentino. Muy distinto fue el caso de Michel Houellbecq en El mapa y el territorio: un periodista pudo demostrar que ciertos pasajes de la obra estaba copiados literalmente de Wikipedia. La duda es si estamos ante una broma de Houellebecq o si, por contra, tuvo un par de tardes de pereza.

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