Diez diccionarios para una cuarentena

El de los diccionarios es un género literario que tiene sus seguidores. Seguidores que no usuarios. Lectores que no consultan por resolver una duda o confirmar un dato como la mayoría, sino que disfrutan enfrascados en este tipo de obras, tan presentes en tantas casas el siglo pasado y tan obsoletas para muchos desde que internet entró en nuestras vidas. Fernando Trueba se refirió a los buenos diccionarios como “grandes almacenes llenos de la más hermosa de las mercancías: palabras. Gigantescos hoteles donde no existen dos habitaciones iguales, pero todas esconden una sorpresa que te comunica con la habitación de al lado o una baldosa indiscreta que te asoma a la de abajo”. Esto lo escribió el director de Ópera prima en el prólogo de su libro Mi diccionario de cine, tan erudito y divertido como original y provocador. Despacha sin piedad mitos que no le agradan (“Las mejores películas de Brando son buenas a pesar de él”) y se recrea en los que le enamoran (“Cary Grant posee la totalidad de las cualidades que no pueden adquirirse en una escuela de interpretación”).

De mitos precisamente hay un diccionario, obra del profesor Carlos García Gual, que proporciona un entretenido repaso por orden alfabético al origen y vigencia de las figuras mitológicas de siempre, las de la tradición griega, con sus dioses, semidioses, héroes, guerreros y aventureros, añadiendo a estos personajes de leyenda otros menos previsibles como Don Quijote, Tarzán, Sherlock Holmes o Supermán, “el Hércules del siglo XX”. También hay figuras ciertamente inesperadas en el Diccionario filosófico de Fernando Savater, un verdadero destilado de toda su obra, donde entre sus queridos Nietzsche, Cioran o Voltaire se cuelan otras debilidades del autor de La infancia recuperada como el actor de cine de terror Peter Cushing o Robert Louis Stevenson. En la entrada Citas, Savater menciona el Diccionario del diablo de Ambrose Bierce, tantas veces recordado por su tremendo humor negro o por su vigencia: vean lo que decía, hace algo más de un siglo, por ejemplo, de los Homeópatas (“El humorista de la profesión médica”). Bierce tiene para todos, incluido para un instrumento como el piano (“Se maneja oprimiendo las teclas y el espíritu de la audiencia”); nada que ver con la declaración de amor que es De la A a la Z de un pianista, de Alfred Brendel, un brevísimo diccionario que junto a entradas obvias (Beethoven, pedal, Chopin, ritmo…) hay otras (toses, amor…) que le permiten dar salida a una escritura sabia y socarrona. La socarronería se convierte no pocas veces en jocoso sarcasmo en el Diccionario de las Artes de Félix de Azúa, sobre todo cuando se centra en hablarnos de vanguardias, realismos y tradiciones, donde augura que a la velocidad que se queman etapas no queda lugar para el presente y las novedades. “El único arte de vanguardia será la arqueología. Pero la arqueología trabajará sobre las culturas de la semana pasada”.

Con similar conocimiento de la materia tratada pero mayor afán pedagógico y exhaustivo, Juan Manuel Bonet levantó hace veinticinco años su admirable Diccionario de las vanguardias en España (1907-1936), un mapa de la Edad de Plata de la cultura española, en el que trastear con gusto de las pinturas de Picasso y Maruja Mallo a las de Benjamín Palencia y Dalí pasando por las películas de Buñuel o los poemas de Lorca, Cernuda y Alberti y un sinfín de nombres ligados a lo mejor del teatro, la música, la fotografía, la arquitectura, la ilustración, la edición de revistas o la escultura. No tiene entrada, claro, Santiago Ramón y Cajal aunque estaba más a la vanguardia que nadie por esos años. Sí figura, en cambio, en el Diccionario de la Ciencia de José Manuel Sánchez Ron como protagonista absoluto del término Neurona, la unidad básica del sistema nervioso de cuyo funcionamiento esencial es descubridor nuestro investigador más célebre. Es éste otro volumen que combina lo obligatorio (Newton, Darwin, Einstein…) con lo sorprendente (Chanel nº5, Dios, Caos…).

En este paseo por los diccionarios de autor no debería faltar uno que nos contó, con humor y rigor, con ejemplos para todos los públicos y viñetas complementarias, esos conceptos tan disuasorios para el lector no especializado que salpican las páginas de economía: el apalancamiento financiero, la reforma estructural o la ya olvidada prima de riesgo. Ese libro para aprender sin miedo es el Diccionario irreverente de economía escrito por Enric González y dibujado por Darío Adanti.

Algunos de los diccionarios hasta aquí nombrados han tenido alguna actualización pero no está ahí su gracia. Esa debe de ser sin embargo la del Diccionario de Oxford, cuya última edición, la de 1989, suma veinte volúmenes, casi veintidós mil páginas impresas y seiscientas mil entradas. De esta catedral del papel escribe Ignacio Peyró en Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa, un artefacto bien manejable pese a su grosor que recoge esencialmente la excelencia de la política, la literatura y el periodismo hechos en Inglaterra sin por ello hacer ascos –felizmente- a las carreras de caballos, las escuelas de élite, las marcas de gomina, los sombreros, los automóviles o las cosas del bebercio. Un compendio de razones para seguir profesando amor eterno a Inglaterra pese al disgusto del Brexit.

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