Entrevista a Alejandro Zambra, autor de 'Poeta chileno'

Paz Errazuriz
Paz Errazuriz

Esta semana te recomendamos leer Poeta chileno, la última novela de Alejandro Zambra editada por Anagrama. El gran regreso de Zambra a la novela es una hermosa, desenfadada y divertida declaración de amor a la poesía. 

Después de un tiempo regresas a la novela con Poeta chileno. ¿De dónde surgió la inspiración inicial para esta novela?

De la palabra padrastro. Quiero decir: llevaba un tiempo pensando en esa palabra, hasta que una mañana, hace como quince años, la busqué en el diccionario de la Real Academia Española y pasé el día entero enojado con el diccionario y con la RAE y con el mundo y conmigo mismo. Tal vez entonces esta novela empezó, o empezó a empezar. Estoy mintiendo, por supuesto, porque una novela tiene muchos orígenes y uno va descubriéndolos en la medida en que avanza, tal vez incluso retrospectivamente. Pero ese es uno de sus orígenes, creo.

Escribiste esta novela sobre Chile viviendo en Ciudad de México. ¿Por qué?

No tengo idea. Apenas termine el confinamiento voy a hablarlo con mi terapeuta. No, mentira, no tengo terapeuta, por desgracia. Sí, esta es una novela sobre Chile que escribí en México y una novela sobre padrastría que escribí mientras me convertía en padre biológico. Y que habla de poesía pero es una novela, de hecho de todas mis novelas creo que esta es la única que parece una novela. Es lo más parecido a una novela que he escrito y probablemente que escribiré, aunque por supuesto esta frase está destinada a volverse en mi contra.

Es una novela melancólica y a la vez muy cómica.

Bueno, es que todos mis libros nacen de una cierta traición a la seriedad, a la gravedad, al silencio, porque de otro modo no habría relato, no habría aliento. Se me hace difícil confiar en la gente que elude lo cómico, que por desgracia es mucha. Las tonalidades de este libro más o menos coinciden con mi forma de hablar o de relatar, muchas veces ese fue mi criterio: contar la historia como lo haría en una sobremesa. Yo hablaría así, como este narrador, si alguien me hiciera el favor de editarme los balbuceos. Es un narrador compasivo, leal pero chismoso, que durante casi toda la novela desaparece o se limita a insinuar su presencia y cede su lugar a los personajes, porque en esta novela hay mucho diálogo directo, la posición del narrador es mucho más dramatúrgica, por así decirlo, que en mis otros libros.

En la novela hay una reivindicación de la poesía, en unos tiempos en los que, pese a que hace unos años se habló de un cierto resurgimiento comercial del género, lo cierto es que sigue siendo muy poco leída por el gran público. ¿Por qué nos hemos ido separando de la poesía?

Yo creo que se enseña mal, simplemente, no solo la poesía, la literatura entera. Lo digo desde adentro, autocríticamente. Un niño que, a los siete años, sabe contar chistes y que ha experimentado la dificultad, por ejemplo, de recordar un sueño, ya sabe un montón sobre literatura. Hay que aprovechar ese conocimiento, partir de ahí, sin paternalismos. Contar chistes es algo tan complejo, hay que equivocarse mucho antes de dominar el mecanismo. Hay que reflexionar sobre los tiempos, los tonos, hay que perderse en intuiciones intensas sobre las estructuras. Hay que sobreponerse a las decepciones, también. Esa primera gran decepción, por ejemplo, cuando entiendes que no puedes contarle el mismo chiste a la misma persona dos veces. Es horrible.

Eres reacio, sobre todo, a los géneros literarios.

Sí, es que se insiste demasiado en los géneros literarios y en la separación entre lectura y escritura. Si te interesa Quevedo, es natural que intentes escribir sonetos. No sólo es natural, es deseable. Tal vez imprescindible. Y parece tan difícil escribir sonetos, aunque todos decimos cierta cantidad de endecasílabos al día. Entonces en lugar de encerrarnos a contar sílabas y a aprender la ley del acento final, habría que buscar en el habla propia esos endecasílabos que decimos a diario sin darnos cuenta. Lo que quiero decir es que no estoy en contra de que se enseñe la tradición y que se teorice sobre los géneros literarios y el canon. Pero es mejor partir construyendo acuerdos mínimos, de sentido común, y procurando alternar lectura y escritura. Y nunca hablar tan en abstracto, sin textos sobre la mesa. En lugar de definir la poesía, leer un poema y comentarlo. Enfatizar, por ejemplo, la relación de la poesía con la música. Un poema funciona como una canción. Si te gusta, la escuchas de nuevo y así mil veces. Y una novela es como una canción más larga, más rara, más difícil de memorizar. Pero en la lectura de una novela también funciona el placer anticipatorio, por ejemplo. Piensas, mientras lees, en que volverás a leer esas mismas palabras, en que esa posibilidad existe, y entonces el presente se proyecta y se amplía, sin dejar de ser presente. Hay que hablar de esas cosas, creo yo. Habría que hablar más, también, del vínculo de la lectura con el silencio. Se habla poco de eso. Y es importante. Quien lee sabe estar en silencio y sabe estar solo, se relaciona de forma distinta con la soledad.

¿Y por qué sigue siendo importante leer poesía?

Yo creo que lo importante no es exactamente leer poesía, sino reflexionar sobre las palabras, sobre el lenguaje mismo, sobre la naturaleza del contacto y del silencio. Hay demasiada gente sumamente segura de que ya aprendió, de que ya sabe comunicarse, pero los demás, los que no estamos tan seguros de haber aprendido del todo, escribimos o leemos poesía o narrativa de ficción o de no ficción o lo que sea. La reflexión sobre las palabras, si es consistente y apelativa, te conduce con suma naturalidad a la literatura. No sé, a mí me hizo feliz aprender fonología, que es un conocimiento muy específico, pero para mí ha sido más valioso conocer la tabla del alfabeto fonético internacional que memorizar la tabla del 12. Entender la relación entre los sonidos p, t y k, por ejemplo. A los niños les brillan los ojos cuando les explicas ese tipo de cosas.

Los protagonistas son dos poetas, Gonzalo y Vicente, pero la novela se llama Poeta chileno y no Poetas chilenos. ¿Por qué?

Por muchos motivos, pero sobre todo para que cada cual decida, después de leer, si es Vicente o Gonzalo el «poeta chileno» del título. También vale elegirlos a los dos. O a ninguno.

La relación entre Gonzalo y Vicente es uno de los ejes de la novela. ¿Qué te interesa mostrar de los lazos familiares? ¿Hay una transmisión, tanto de filias como fobias, que inevitablemente nos conforman como personas?

Me interesa, sobre todo, la discusión sobre la legitimidad. Miradas desde cerca, todas las discusiones actuales son discusiones sobre legitimidad. Cuando un poeta es malo se dice, al menos en Chile, que no es poeta. Pero si un padre es malo, no negamos su condición de padre. Y según la RAE, la segunda acepción de la palabra padrastro es «mal padre». Y la segunda acepción de la palabra madrastra es «madre que trata mal a sus hijos». Igual, al menos para mis oídos chilenos, la palabra padrastro no significa «mal padre» sino más bien «no padre». En fin, me interesan esos problemas, que no tienen algo así como una solución, justamente por eso me interesan. O me importan, más bien.

¿Qué piensas sobre la padrastría?

Ser madrastra o padrastro o madre o padre adoptivo son experiencias tan radicales y valientes. Por supuesto también admiro a las mujeres que deciden abortar y a los por desgracia todavía escasos países que permiten y apoyan sin reservas esa decisión, y creo que también son valientes quienes deciden no tener hijos, me parece tal vez el camino más sensato de todos. Pero me gustaría que se hablara más de padrastrías y paternidades no biológicas, en especial de adopciones, sobre todo considerando lo burocráticos y enrevesados y angustiosos que son esos procesos en casi todo el mundo.

Has comentado que Poeta chileno son, de alguna forma, dos novelas cortas que se cruzan. ¿Esa estructura surgió de una manera natural, o era algo premeditado? Dicho de otra forma, ¿Cuándo escribes piensas  en la estructura de lo que estás escribiendo de antemano o va apareciendo a lo largo del proceso?

Tiendo a creer que escribir es más bien destruir los planes, las ideas previas, que por supuesto existen y a montones. Eso es lo más placentero de escribir: cuando salen de tu cabeza voces inesperadas, personajes verdaderamente desconocidos, cuando te olvidas del plan porque va surgiendo uno nuevo, que no podrías precisar pero existe aquí y ahora. Igual, hay libros de los que sabes el puro comienzo, o de los que lo sabes todo menos el comienzo. Y hay libros de los que solo conoces, de antemano, la atmósfera, o lo que quieres que el libro haga. Yo sabía, por ejemplo, bastante de esta novela, pero sólo se me armó, sólo se volvió posible, cuando me encontré con el final. Con sus últimas dos páginas, quiero decir. Una tarde, caminando por el centro de Santiago, imaginé o vislumbré ese final y entonces, por así decirlo, la experiencia rehabilitó mi idea de escribir un libro como este. Y a veces, en mitad del proceso de escritura, cuando me sentía desorientado, pensaba en ese final, que supersticiosamente no quise escribir sino hasta el último minuto pero que de tanto imaginarlo me sabía de memoria. Pensaba en ese final no escrito y desde ahí me asomaba a mirar las frases presentes, y entonces ya podía seguir, ya podía avanzar. Sé que sueno medio misterioso, pero es que no quiero contar el final de mi novela. No quiero que los lectores de esta entrevista sepan quién es el asesino.

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