Libros para conocer, que ya toca, a las mujeres del 27

Foto: Getty Images
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Recién estrenado el siglo XX, siendo niña la poetisa Concha Méndez y la mayor de once hermanos, un amigo de sus padres preguntó a los chicos qué querían ser de mayores. No hubo pregunta para ella, que aun así, molesta, anunció que sería capitán de barco. “Las niñas no son nada” le dijo aquel señor. Cuando años después, decidió que pasearía por cualquier rincón de Madrid con la cabeza descubierta, como hacía su amiga la pintora Maruja Mallo, su madre le alertó de las consecuencias: “Pues te tirarán piedras en la calle”. “Me mandaré construir un monumento con ellas”. Son anécdotas de sus deliciosas Memorias habladas, memorias armadas que reflejan el triste panorama de entonces y el impagable temperamento de una de las mujeres del 27 que por no callarse tampoco se calló cuando Gerardo Diego publicó en 1932 la Antología de la poesía española contemporánea sin ningún nombre de mujer en la portada.

Poco después, la actriz, cantante y pianista, Josefina de la Torre pudo ver sus poemas en la segunda (1934) Antología de Gerardo Diego. A la trayectoria de Josefina no le vino nada bien ser mujer, claro, pero tampoco ser tan polifacética. No fue la única en entrar en aquel nuevo canon; también fue incluida la poesía de la más mística de todas ellas: Ernestina de Champourcín, que siguió escribiendo hasta pocos años antes de su muerte en 1999, enfocada cada vez más a hacer del poema su vehículo de comunicación con Dios. La obra de ambas está disponible gracias a la renovada operación rescate de la editorial Torremozas. Los aficionados a la poesía encontrarán en ellas versos que merecen figurar en lo mejor de aquellos años.

En esa Edad de Plata del arte español, brillaron y siguen brillando María Zambrano y Rosa Chacel, las dos iconos femeninos del doloroso exilio de tantos intelectuales tras la guerra civil. De la filósofa, favorita de José Ortega y Gasset, siguen reeditándose sus Claros del bosque, esencial para entender su razón poética, rupturista respecto a su textos anteriores y al mismo tiempo resumen de ese pensamiento que antepone la intuición a las ideas. Chacel, que nació en Valladolid, pronto se vino a Madrid y las calles que la vieron crecer quedaron inmortalizadas en uno de sus mejores libros, Barrio de Maravillas.

Fue común a todas su falta de complejos y su amistad entre algunas de ellas y con los varones del 27. En líneas generales, una generación de amigos bien avenidos hasta la irrupción de las bombas. A nivel profesional, colaborando juntos en diferentes proyectos editoriales y pedagógicos. En el plano personal, la misma Concha Méndez fue siete años novia de Luis Buñuel y poco después esposa de Manuel Altolaguirre; Pedro Salinas hizo el prólogo de Versos y estampas de Josefina de la Torre; Rosa Chacel se casó con el pintor Timoteo Pérez Rubio. Pero la pareja más fotogénica del grupo la integraron Rafael Alberti y María Teresa León. Ella –como él con su Arboleda perdida– firmó con Memoria de la melancolía uno de los grandes libros de memorias de la literatura española contemporánea, imprescindible para conocer el punto de vista de una mujer que empieza a publicar con la llegada de la República y vive los años convulsos de la guerra encarnando mejor que nadie el papel de escritora revolucionaria y comprometida. De hace un par de años es la biografía Palabras contra el olvido de José Luis Ferris, semblanza que repasa una obra que abarcó casi todos los géneros siempre con un fuerte componente autobiográfico, siempre también a la sombra de la de Alberti.

En las últimas páginas de aquella Memoria de la melancolía, María Teresa León recordaba la importancia de María Martínez Sierra, nacida María de la O Lejárraga. Por edad, casi podría ser haber sido madre de las arriba citadas, encuadradas todas ellas en el grupo de las Sinsombrero, como se las conoce por aquel gesto de descubrirse en público, homenajeadas en los últimos años en un libro y un documental con ese título. Martínez Sierra tardó mucho más que ellas en quitarse el sombrero y decir al mundo que ella era la principal autora de cuanto firmó su marido, el dramaturgo y empresario teatral Gregorio Martínez Sierra, entre otras obras, piezas como Canción de cuna para el teatro o libretos para El amor brujo de Manuel de Falla. Su salida del armario artístico se produjo en 1953 con la publicación del libro Gregorio y yo: medio siglo de colaboración, escrito en el exilio cuando ya no tenía firma conocida ni marido, ni país.

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