Libros para no perder la curiosidad de un niño, recomendados por Millás y Arsuaga

Cuando el escritor y periodista Juan José Millás propuso al paleontólogo y divulgador Juan Luis Arsuaga realizar un libro de manera conjunta no eran conscientes de que estaban a punto de crear un género literario inédito. Así lo cree el científico, después de que La vida contada por un sapiens a un neandertal haya llegado a las librerías. “Estoy convencido de ello”, explica a Librotea. “Si hubiéramos tenido un modelo lo hubiésemos copiado, para nuestra desgracia porque no hubiésemos sido originales. No hay nada que yo conozca ni remotamente parecido. Es un género nuevo”.

Estamos en un hotel madrileño en el que, respetando las distancias de seguridad, nos encontramos para charlar con ambos sobre este experimento que nació de una propuesta del escritor valenciano. La idea de partida, recuerda Arsuaga, era charlar sobre la evolución humana “en localizaciones donde se puede entender mejor el concepto que se quiere desarrollar, y donde haya gente, donde esté el ser humano”. El resultado es una mezcla de libro de divulgación, tratado sobre la percepción humana, cuaderno de viajes, pinceladas novelescas y un sentido del humor resultante de unir a dos personalidades distintas. Millás incide en el resultado de esa mezcla: “Es la unión de dos temperamentos distintos, alguien que viene de la ciencia y alguien que viene de la literatura”, recalca. “El otro día me llamó y me dijo ‘tenemos que ir a una peluquería’, porque aunque el libro ya está acabado hemos adquirido ese hábito”.

Gran parte del atractivo de La vida contada por un sapiens a un neandertal reside en su espontaneidad, algo que Millás aclara que surgió desde el principio. “No hay nada guionizado. Lo único preparado es que él pensaba dónde me iba a llevar, sin decírmelo, para explicarme algo. Todo lo demás es la vida. Eso proporciona frescura, divertimento, algo de lectura novelesca, y al mismo tiempo de didactismo, que la gente agradece”, explica. Es un libro, por tanto, que nace de la curiosidad, o de dos tipos de curiosidad distinta. “Hay que fijarse en cosas en las que normalmente no fijamos”, indica Arsuaga. “Por ejemplo, se aprende un montón en la playa, simplemente fijándonos en las huellas que dejamos. Si te paras a pensar como la haces, como apoyas el talón, el puente, y ya entiendes la locomoción. Eso es lo que yo contaría, pero en una playa además hay gente. Es difícil que no haya algo que no capte su mirada. Ese es su trabajo, yo le explico la locomoción marcando huellas en la arena, pero con eso no hacemos este libro”.

A lo largo de las páginas de La vida contada por un sapiens a un neandertal, escritor y paleontólogovisitan mercados, parques, restaurantes, parajes naturales y hasta un sex shop. En todos ellos encuentran tanto ejemplos que nos sirven para comprender conceptos científicos como situaciones humanas que captan la mirada del escritor. “Hay una frase fundacional en el libro, cuando le pregunto a Juan Luis cuándo me va a llevar a ver el yacimiento, y me dice: ‘Solo los ignorantes creen que la prehistoria está en los yacimientos. En los yacimientos solo hay huesos, la prehistoria está aquí. La prehistoria somos nosotros”, recuerda Millás. “De repente descubres que la prehistoria está aquí, que no hay ese corte que explican los libros tradicionales y que dice que aquí acaba la prehistoria y aquí acaba la historia”.

Su libro también sirve para constatar que la curiosidad es ajena a las divisiones de áreas y de especialización. “Cada vez aumentan más los nichos, y eso mata la curiosidad”, asegura Millás. “Cito mucho una escena de una película estupenda, Jules y Jim, en la que hay un alumno que no sabe qué hacer en la vida, y en una conversación con su profesor este le dice “sea usted curioso”. Este libro de alguna forma obedece a ese mandato”. Por su parte, Arsuaga recuerda otra anécdota: “La curiosidad es una característica infantil, un científico tiene que ser un niño. Una vez escribí un libro de divulgación sobre la prehistoria, dirigido a preadolescentes y me preguntaron si creía que le iba a gustar a los niños de 11 años. Yo contesté que creía que sí, porque esa era mi edad mental. Todo científico tiene que tener 11 años. Einstein fue toda su vida un niño de 11 años. Luego la sociedad, la vida y tal hace que se pierda, es muy triste”.

Como parte de ese juego en base a la curiosidad, terminamos nuestra charla pidiéndole que se recomendasen libro el uno al otro. Estas fueron sus elecciones.

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