Libros para vivir al borde de un acantilado, por Javier Santiso

Foto: Eliana Santiso
Foto: Eliana Santiso

La figura de Vincent Van Gogh ha sido analizada en innumerables ocasiones, desde el ensayo a la biografía, la novela o el teatro. Un gigante de la pintura con una vida tan trágica que todavía hoy en día nos sigue fascinando y provocando preguntas, muchas de ellas sin respuesta. En Vivir con el corazón, sin embargo, Javier Santiso se acera al pintor desde una perspectiva distinta. Son las personas con las que se cruza en su vida, desde su amada Raquel hasta el cartero que le lleva las cartas de su hermano y con el que establece una peculiar relación. A través de ocho capítulos en los que la realidad se apoya en la ficción, y viceversa, Santiso traza un relato poderoso y profundamente emocional de uno de los grandes pintores de la Historia. Sobre esta manera de aproximarse al mito, los límites de los géneros y la fuerza del estilo hablamos con él en esta entrevista. 

En Vivir con el corazón te aproximas a la figura de Van Gogh pero, al revés de cómo se ha hecho siempre, desde un plano autobiográfico, lo haces a través de las personas que están alrededor de Van Gogh. ¿Cuál es tu punto de partida como escritor?

De Van Gogh se han escrito tesis, biografías, cantidades de libros, incluso novelas, con lo cual es muy difícil dar con un proyecto nuevo sobre él. A mí Van Gogh me fascina. Llevaba tiempo documentándome, pero veía que no tenía mucho sentido una novela más porque, al final, no aportas absolutamente nada nuevo. Lo que me dio la llave, o la clave, fueron precisamente esas vidas minúsculas. Básicamente, eso te descentra la mirada, y Van Gogh se presta a eso. ¿Por qué? Porque hubo muchas vidas minúsculas que se cruzaron con la suya. Vidas increíbles que se van a ir entramando y te permiten entender mejor a Van Gogh. Por ejemplo, el primer capítulo es sobre una vida minúscula que ni siquiera llegó a existir, la de su hermano fallecido, muerto un año antes de que naciera Van Gogh. Él va a pasar delante de esa tumba hasta los 18 años, una tumba que tiene nombre y apellido, su mismo nombre y apellido, algo muy fuerte. Esto es lo que exploro. 

La mejor explicación de porqué Van Gogh hace sus retratos alucinados, con esa mirada que se te clava y está buscando algo, es que se está preguntando quién es. ¿Quién soy? ¿Y quién eres tú? Cada vida te va dando algo, añadiendo una capa de segmentación muy interesante, descentrando la mirada, algo que es muy novelesco. Al final, lo único que importa en esta vida son los encuentros, los encuentros te hacen y te deshacen. Aquí hay ocho vidas que son encuentros, que se han cruzado en su camino y que todos han tenido una enorme relevancia para Van Gogh.

Has hablado muchas veces de tu influencia francófona. Este libro tiene mucho de las grandes novelas francesas del XIX, como La cartuja de Parma, en cómo se trata el amor.

Probablemente yo soy más del siglo XX francés que del XIX, pero quizás eso está también ahí. Lo que sí quería con este libro era tratarlo de manera un poco diferente a la narración lineal clásica, por eso está construido como una riada. Me pareció que era interesante porque es una manera de transmitir esa fuerza que expresaba Van Gogh en sus propios retratos.

En el libro llama mucho la atención la línea divisoria entre realidad y ficción. Se nota que es un trabajo enorme de documentación. ¿Cómo te has enfrentado al hecho de estar escribiendo algo que no es novela pero tampoco ensayo?

La mejor manera de ilustrarlo creo que es el capítulo sobre la oreja cortada. Es decir, ¿por qué lo hace? Efectivamente, estuve leyendo muchos ensayos, tesis, biografías… Pero ese capítulo concretamente sale de una tesis doctoral de una canadiense que estuvo indagando durante muchos años sobre esa famosa noche de la oreja cortada, y ella encuentra la clave de la tesis. En el parte del médico que vino a intentar curarlo hay dos cosas que hasta ahora no se sabían. Yo lo trato como ficción, pero a mí no me importa que sea ficción. Al contrario, porque quizás lo que yo cuento como una ficción es la realidad de Van Gogh y no lo sabremos nunca. Es decir, lo que es real es que se corta la oreja. Sabemos que en realidad no es una fracción de la oreja, es la oreja entera, y eso está en el parte médico. Hay incluso un esquema. Y luego, y ahí viene la parte que a mí me interesa, sabemos quién es Raquel, y que Raquel se llama en realidad Gabrielle. A partir de la realidad es cuando descubro que esa Gabrielle ha trabajado antes en la casa amarilla. Esto es real. Ese fue el amor de su vida o, en todo caso, el último amor de su vida. Y es muy plausible decir que nadie le entrega una oreja cortada a una mujer con la cual simplemente has pasado una noche. Es alguien con quien probablemente tuvo una relación muy fuerte. Ese es el tratamiento de la realidad y de la ficción. Y quizás por eso también ese guiño a Cernuda, en la cita que está en ese capítulo sobre la realidad y el deseo. Hay una parte de realidad y otra parte que es puro deseo, que es pura ficción. Que lo juzgue cada uno. Es bellísimo desde el punto de vista de novelístico. 

En el libro se habla de un detalle minúsculo que casi pasa desapercibido, una carta que su hermano que aparece en la esquina inferior derecha de uno de sus cuadros. ¿Este es un instrumento tuyo o es real?

Es real. Hay una carta en el cuadro y nunca nadie se había percatado de ello. La realidad es que efectivamente se corta la oreja. La realidad es que hay una Raquel. La realidad es que se llama Gabrielle. Y la realidad es que Gabrielle trabajó en la casa amarilla. Existe un amor increíble entre estas dos personas. Hay muchas mujeres que cuentan algo en la vida de Van Gogh. Obviamente, por supuesto, Johanna, que hace que Van Gogh no haya caído en el olvido. Antón, su primo, es el que le va realmente iniciar a la pintura. Era muy conocido en su época y totalmente desconocido hoy en día. Nadie sabe quién era Anton Mauve. Sin embargo, a Van Gogh todo el mundo le conoce. Van Gogh y Johanna se han cruzado tres o cuatro veces, ella temía mucho a su hermano, lo veía como un poco bruto, salvaje… no fue una relación fluida. Pero de repente, su propio marido Theo muere, y ella descubre las cartas de los hermanos, descubre es amor increíble entre su marido y su hermano y decide editarlas. También traducirlas, porque ella era traductora. Hace un trabajo de rescate de todas las obras Vincent que puede abarcar y que nadie quería. Ella hace que Van Gogh no caiga en el olvido. En mi mente la suya es una vida minúscula, pero mayúscula a la vez. Sin ella quizás no hubiéramos conocido a Van Gogh tal como lo conocemos hoy. Quizás los cuadros de Vincent estarían hoy quemados o destruidos o, como pasó con alguno de ellos, se estarían utilizando para tapar el hueco de una ventana.

Hay un personaje que tratas con especial cariño, el cartero. 

Sí, porque es de los más minúsculos y hay una historia muy entrañable entre ese cartero analfabeto y el pintor. Van Gogh era un grandísimo lector. Él decía que por encima de todas las artes está la poesía. De hecho, él casi escribe, su trazo es casi escritura. Y ese cartero es magnífico porque es quien hace la vinculación entre los dos hermanos: le trae las cartas, le lleva las cartas, tienen conversaciones de café… El cartero no entiende muy bien la pintura de Van Gogh, pero quizás es el que más le entienda a él. Y Van Gogh pintó a toda su familia, a la mujer, a los hijos… Es el único caso en el que pinta a toda una familia.

El estilo del libro es de una prosa poética, llama la atención la enorme profusión de metáforas que utilizas. ¿Qué supone el estilo para ti?

Este libro en realidad trata del idioma español. Yo escribo indiferentemente en francés y en español. Ahora terminé una novela en francés porque el idioma que utilizo depende de lo que estoy buscando en cada caso. Para mí el español tiene una inmensa ventaja: es salvaje, es un idioma de acantilado. No es una geografía pacífica. De repente estás al límite, estás en el acantilado. Eso es para mí el español. Permite una electrocución muy grande de registros verbales que no te permite el francés. El francés es mucho más llano. Puedes trabajar mucho más el francés en la llanura y, por ejemplo, en la crueldad, porque el francés tiene una gran sutileza. El castellano te permite esa electrocución verbal, de adverbios, de imágenes, que es mucho más interesante para mí que el francés.

Este libro es una biografía, es una novela, es un poemario extenso, no tiene ninguna puntuación… ¿Qué es el género literario para ti?

A mí lo que más me interesa no es tanto la pura narración, no voy hacia ahí. Lo que más me hace vibrar es el estilo. Y ahí me influye gente que tiene registros muy diferentes. Joan Margarit, por supuesto. Michon, que es narrativa. Me encantó Juan Cruz cuando dijo hace poco que “como lector me hubiera gustado escribir lo que acabo de leer”. Eso me pasa a mí, cuando me da por alguien lo leo todo, me hace vibrar. Y entonces escribes muy fuerte, de repente tus propias lecturas son escrituras. Para mí los géneros son vehículos. A mí me encanta explorar eso, el acantilado. Me gusta esa expresión de Joan Margarit: “Vete hacia el acantilado, no te quedes en el centro”. 

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