Los mayores ladrones de la historia de la literatura

Los ladrones son esas figuras que intentamos evitar en la vida real pero que, dentro de la ficción, nos resultan apasionantes. Bien por cruzar la línea de la ley, algo que no nos atrevemos a hacer, bien por reflejar un mundo de sordidez que nos resulta ajeno. La literatura también se ha fijado en estas personas que viven en los márgenes de la sociedad, dejándonos a su paso una buena serie de obras que nos mantienen enganchados a las páginas.

La literatura clásica nos ha presentado numerosas veces a personajes que se han visto en la necesidad de tomar algo ajeno por culpa del hambre o la miseria. Incluso a veces se han visto implicados en problemas aunque no hayan sido los autores de ningún hurto. Es el caso de Oliver Twist, en el que el protagonista, huérfano, se mueve en una sociedad desigual en el que muchos se ven obligados a sobrevivir de la única manera posible, o el inolvidable Jean Valjean de Los miserables. En otros casos, no se trata de dinero o comida lo que sustraen los personajes literarios. En El ladrón de cadáveres, Robert Louis Stevenson nos adentra en el mundo de los profanadores de tumbas.

La literatura negra se ha fijado mucho y muy bien en ladrones, rateros y buscavidas. Las obras sobre grandes robos a bancos siempre han atraído a los escritores de este género, empezando por Jim Thompson con La huída, o a W.R. Burnett, autor de La jungla de asfalto. Otro clásico negro sobre ladrones es Los amigos de Eddie Coyle, de George V. Higgins, que nos adentra en el mundo de la mafia de Boston.

Fuera de los géneros, otros autores han revisado el mundo de la delincuencia para mostrarnos su crudeza. Es el caso de Un día más en el paraíso, de Eddie Little, o de Diario de un ladrón, de Jean Genet.

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