Por qué deberías leer estos libros aunque no te apetezca nada

Hay una serie de libros, de clásicos, que cuando los leímos o no los entendimos o, directamente, los odiamos. Es frecuente que cuando uno atraviesa la adolescencia bien en el instituto o bien en casa alguien le ponga en la mano uno de esos títulos de obligada lectura, que el joven lee entre somnoliento y hastiado, sin ser consciente de que seguramente esa lectura le esté cambiando la vida. Incluso cabe la posibilidad de que uno cumpla años y siga teniéndole cierta tirria a algunas de esas obras, pero que nadie se engañe: por muchos que los odies hay algunos libros que merece la pena leer, que tienes que leer.

El Ulises de James Joyce es una lectura compleja, pero uno no sale indemne después de zambullirse en sus páginas. Un poder transformador que comparte con otros clásicos como el Moby Dick, de Melville, uno de esos títulos para descubrir el poder de la metáfora, para convencernos de que una novela puede tener más aventura y emoción que el último estreno de Netflix o HBO.

No hay mejor forma de adentrarse en la posguerra española que leyendo El Jarama, de Sánchez Ferlosio, aunque alguno en el instituto recurriera a los resúmenes de El Rincón del Vago para entenderlo. La primera vez que uno lee Pedro Páramo no suele estar preparado para captar la grandeza de la historia de Juan Rulfo, pero cuando vuelve sobre el texto lo hace convencido de haber descubierto un universo desconocido.

El valor pedagógico de Rebelión en la granja, de Orwell, o El Quijote, de Cervantes, está fuera de toda duda. Pero uno incluso tiene que leer libros de odia para elaborar su propio criterio como lector, tal vez a alguien le repelan Las uvas de la ira, de Steinbeck, o las Bodas de sangre, de Lorca, pero ¿cómo lo habría averiguado de no haberse atrevido a leerlo?