Seis relatos breves que son lecturas gigantescas, por Margarita Leoz

“Mis personajes no pueden dejar de mirar atrás, al mismo tiempo que creen seguir con sus vidas”, explica Margarita Leoz. La escritora pamplonesa se refiere, más concretamente, a los que pueblan Flores fuera de estación, su último libro de relatos con el que traza una cartografía de las relaciones humanas, de momentos en los que se enfrentan, como cualquiera de nosotros, a las posibilidades del pasado. Disyuntivas vitales que, escojamos lo que escojamos finalmente, nos van a acompañar para siempre. “Dar un paso al frente o cerrar una puerta tras de sí no garantizan nada, No existe la jugada perfecta”, sostiene Leoz. “A menudo escogemos sin voluntad clara, por pereza o sometidos al azar. Me fascinan los exfuturos, todos esas sendas que no tomamos, revestidas inevitablemente por la melancolía. Vamos a ciegas hacia lo que seremos y esa inseguridad, esa inestabilidad, resulta deslumbrante desde el punto de vista literario”.

En Flores fuera de estación asistimos al devenir de personajes que se enfrentan a su pasado, que temen al futuro o que se aferran a algo que ni siquiera saben si es lo que desean realmente. Como todo gran amante del relato conoce, lo que se sugiere o directamente se intuye es tan importante como lo que se explicita. “El relato es esférico, como diría Cortázar, y es nuclear; tiene una estructura muy establecida donde se debe mantener la tensión de principio a fin y nada puede sobrar”, sostiene la autora”. Además, se proyecta fuera de sus límites, más allá de su punto final, después de su lectura, porque deja un poso, invita a la relectura. La relectura es algo propio del género relato, algo que raramente hacemos con una novela (si es caso, algunos párrafos sueltos). En un cuento hay vía libre para la sugerencia, no es necesario atar todos los cabos, perfilar todos los trazos. Se cree que el cuento es un género rígido, encorsetado, pero en realidad da mucha libertad al escritor”.

Leoz, que comenzó escribiendo poesía y tiene una novela preparada, se desenvuelve aquí con maestría en un formato híbrido. “Los relatos de Flores fuera de estación rondan las cincuenta páginas, así que son relatos extensos, a caballo entre el cuento y la nouvelle, ni una cosa ni otra, para horror de etiquetas”, sostiene. “En cualquier caso, me da la impresión de que poco a poco los reparos hacia el relato como género se están perdiendo, y es una estupenda noticia. Por una parte, cada vez más lectores se abren a otras regiones literarias más allá de la novela: a los cuentos, pero también a los libros híbridos, esos que mezclan testimonio con ensayo o con crítica literaria, a las memorias, etc. Y, por otra parte, hay que agradecer también a los editores valientes y a los libreros arriesgados: sus apuestas por formas menos canónicas, por voces nuevas, por libros injustamente olvidados, por esas mesas de novedades tan variopintas”.

“Cada género tiene su lenguaje, sus modos, sus armas”, prosigue. “Me gustaría que mi escritura se pudiese acomodar a ambos, a la novela y al relato, sin que nada chirriase, porque no hay que estafar al lector: no es lícito escribir novelas con el instrumental del cuento, ni escribir cuentos con las fórmulas novelescas. Un relato no es una novela corta y una novela no es un relato largo. Lo detectamos en esos novelistas a los que los suplementos veraniegos encargan un cuento y eso no es cuento ni es nada, es una narración que se corta donde termina el número de caracteres que paga la revista. A los cuentistas que escriben malas novelas se les ve el plumero enseguida también, por otras razones”. Antes de dejarnos algunas recomendaciones de relatos, recuerda una cita de Marcos Ordóñez: “Hay una condena antigua: los cuentos solo están secretamente tolerados al principio o al final de la carrera de un escritor.” Yo quiero volver a los relatos, mucho antes, espero”.

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