Un paseo literario con Antonio Muñoz Molina

Libros recomendados por Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina se quedó la semana pasada a las puertas de ganar el Man Booker International con Como la sombra que se va. El galardón fue a parar a las manos de la polaca Olga Tokarczuk, pero Muñoz Molina destaca otro triunfo: el de llegar a un mayor número de lectores. Su último libro, Un andar solitario entre la gente, comenzó a caminar hace unos meses. Ahora responde al test del lector de Librotea y desgrana qué otros títulos se esconden detrás de su nueva obra. ¿Qué libro fue el primero que le marcó en su vida? Probablemente dos muy conectados entre sí: La isla misteriosa y Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne. ¿Si no hubiese sido escritor qué sería? Me habría gustado ser un buen especialista en algún campo de la Historia del Arte. ¿Con qué personaje literario se encuentra más identificado? Me siento cercano a personajes perezosos, caminantes y algo contemplativos. El Leopold Bloom de Joyce, Frédrèric Moreau en La educación sentimental, Hans Castorp en La montaña mágica. ¿De dónde surgió su pasión por la literatura? Está en los orígenes de mi misma vida. Surgió de los cuentos que me contaban de niño, de lo que oía hablar a los mayores, de los seriales de la radio, de los tebeos, de las canciones, de las películas que veíamos en los cines de verano. ¿Qué libros se esconden, de alguna manera, detrás de su último libro, Un andar solitario entre la gente? Son libros de solitarios, de caminantes y de gente forzada a vivir en los márgenes. Las Confesiones de un comedor de opio inglés, de Thomas de Quincey, que es el primer relato personal de una adicción y de la soledad urbana; el cuento El hombre de la multitud, de Poe, donde la ciudad es la protagonista absoluta, y el argumento una caminata que dura 24 horas; Spleen de París, de Baudelaire, que deriva de Poe y De Quincey, y es también un retrato de la ciudad moderna, directamente relacionado con otro de mis modelos, Calle de dirección única, de Walter Benjamin, donde además hay un uso consciente de la publicidad y los letreros urbanos. Y por último, el Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, que me ayudó a imaginar un libro hecho de fragmentos y divagaciones, sin una unidad argumental.

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